Miércoles 8 de Febrero 2023
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| Interconexión total tecnológica... o casi total |
Actualmente, como veíamos en la
clase de hoy, existen numerosos avances tecnológicos que han hecho de nuestra
rutina una dinámica más rápida, con más información, más accesible, cómoda y
con la posibilidad de tener un ritmo de estudio personalizado a cada situación
particular. Dentro de la educación nos permite conocer diversidad, romper
barreras y aumentar la motivación del estudiante con la digitalización de la
enseñanza.
Además de esto, nos ha permitido
hacer frente a sucesos históricos, con una mayor cantidad de posibilidades y
recursos, como sucedió con la reciente pandemia vivida del COVID-19.
Dichos avances proporcionan grandes
beneficios a la educación, pero también tenemos todavía más de un reto que
superar: pérdida de conexión y relaciones entre docente-alumno/a, profesores/as
no cualificados en TICs, brecha digital, desconocimiento de las necesidades
cognitivas y emocionales que se detectan en el aula, etc.
Todo ello que además desemboca en
que se siga manteniendo una metodología de enseñanza tradicional, ya que
igualmente el/la profesor/a se conecta a la plataforma y da su clase magistral,
tal y como lo haría dentro de cuatro paredes.
Aparte de esto, y atendiendo a los
beneficios y retos que conllevan los avances tecnológicos, caben otras nuevas
preguntas que hacernos: ¿Qué hay de aquellos que no tienen la oportunidad de
acceder a estos nuevos recursos? ¿Avanzamos todos o nos conformamos con que
avance la mayoría?
Estas son las preguntas que se
encuentran en el marco de la brecha
digital. Tal y como veíamos en clase, 2,6 millones de personas no pueden
permitirse tener conexión a internet en nuestro país y 300.000 niños/as no
tuvieron ordenadores en sus casas en la época del confinamiento, son solo dos
datos de cómo afecta la brecha digital de manera real en nuestra sociedad.
Además, todo ello se traduce en marginalidad, inferioridad y rechazo.
Nos encontramos frente a un problema social,
económico y fundamentalmente, global.
No es cuestión de mirar las nuevas
tecnologías con una visión apocalíptica, como la que ofrecía Merlí, pero sí
deberíamos abrirnos al debate de cómo están afectando a nuestras vidas y si
verdaderamente solo cuenta lo que representamos en una imagen o un post y si
solamente tiene sentido nuestra existencia si colgamos información de nuestro
día a día en las redes. ¿De verdad es necesario compartir todo con tanta gente?
El 80% de la población utiliza redes
sociales y los/as educadores/as sociales tenemos aquí un importantísimo campo
de trabajo, en el que nuestro objetivo no debe ser erradicar y acabar con los
avances, sino educar en conciencia crítica y trabajando a partir de la nueva
realidad que nos ofrece el mundo virtual.
Todo ello, por supuesto, sin perder
de vista que las tecnologías deben estar al servicio de las personas y no a la
inversa. Debemos hacer llegar a las personas que si un servicio no nos cuesta
dinero es porque nosotros somos el producto y animar a que todos en conjunto
construyamos los cinturones de seguridad que aseguren un desarrollo óptimo de
todas nuestras cualidades y aptitudes, así como una vida digna en la que seamos
realmente protagonistas y no actores secundarios del espectáculo de la
tecnología.
Es cuestión de aliarnos con ella
para construir una realidad mejor. Pero a partir de ahora, una realidad mejor que
sea para todos.

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